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El legado del diablo, con mérito propio

  • 6 jun 2018
  • 2 Min. de lectura


Al morir la madre de Annie (Toni Collette), se desata en su familia una serie de eventos espeluznantes e incomprensibles, los cuales están plasmados en el libro de dibujo de su hija Charlie (Milly Shapiro), quien, además de ser una niña retraída, padece de trastorno obsesivo compulsivo. La tragedia familiar pondrá al descubierto una realidad aún más horripilante.


Es grato saber que el género de suspenso y terror puede tener una oportunidad dentro de la cinematografía mundial, algo que experimentamos a principios del año pasado con Get Out (Huye), de Jordan Peele. Ahora con Hereditary, el primer largometraje del también escritor Ari Aster, experimentamos una sensación de tensión progresiva, la cual, a medida que aumenta, va dando tremendos avisos que culminan en un final de locura; nada que tenga que ver con algo sobre natural.


Para Aster las relaciones familiares pueden ser el origen de los argumentos más desquiciantes y las historias más inverosímiles, por algo ha fincado su carrera en cortometrajes que hablan del lazo afectivo que puede haber entre padres e hijos y el deterioro de éste con sus respectivas consecuencias.


Crearle un oficio al personaje principal, para después explotarlo a través del manejo de cámara, es algo que muy pocas veces vemos, pero tal vez, si hurgamos un poco, nos topemos con aquella escena del maestro Stanley Kubrick en El Resplandor (The Shining), cuando Jack Torrence (Jack Nicholson) fija la mirada en una maqueta que asemeja el inmenso laberinto contiguo al Hotel Overlook, al tiempo en que su hijo Dany y su esposa Wendy están recorriendo sus pasillos.


Otro gran mérito de Aster es centrar la atención del público en la fisonomía de la pequeña Charlie y su fijación hacia la muerte, su distanciamiento social y la elaboración de muñecos a manera de fetiches, lo que nos obliga a pensar que todo el mal podría estar concentrado en ella, pero no es así, ya que es la primera víctima de algo mucho mayor.


En contraste, el papel del actor Gabriel Byrne, como Steve Graham, el padre de familia, no deja de ser importante, a pesar de mantenerse un tanto apartado de la trama, ya que él representa el ligero nexo con la realidad y la cordura, pero que al final culmina por convertirse en otra víctima por daño colateral.


Toni Collette (Annie Graham) desempeña un papel magistral que bien podría darnos una esperanza para la próxima entrega de premios, ya que tiene la responsabilidad de encarnar cuatro papeles distintos: el de la esposa frígida y comprensiva, el de la madre tolerante y manipuladora, el de la madre cariñosa y paciente y, finalmente, el de la mujer receptiva que tendrá que lidiar con todos los cambios que se manifiestan en su familia.


Ahora bien, el joven actor, Alex Wolff (Peter Graham), personifica a un adolescente peculiar, quien disfruta de su juventud, pero que poco a poco va formando parte de la catarsis de la cinta, ocupando el lugar principal de la misma. Una película que te dejara un grato sabor de boca y la necesidad de entrar en una reflexión a fin de atar los posibles cabos sueltos.


 
 
 

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